“La caza de las liebres”
Por: David Pino Marqués.
En esta mi segunda visita al Campo de Concentración de Mauthausen en los últimos diez años y en esta ocasión acompañado de mi mujer Chari, señalar que este no ha sido un viaje más, sino una continuación de un proceso personal de aprendizaje y reflexión.
Durante ambas visitas he ido recopilando conocimientos, observando el lugar con mayor profundidad y contrastando información que me ha permitido comprender mejor lo que aquí ocurrió. A partir de esa experiencia, he desarrollado un trabajo más amplio que formará parte de mi libro.
Lo que presento a continuación es un resumen de ese estudio: una reconstrucción basada en la memoria histórica, los testimonios y la interpretación de los hechos, centrada en uno de los episodios más duros y menos comprendidos, conocido como “la caza de las liebres”.
Todo comenzó con la fuga de cerca de 500 prisioneros, en su mayoría soviéticos, que lograron escapar de esa zona especialmente vigilada del campo. Durante unas horas, quizá algún día, algunos consiguieron ocultarse en los bosques, en graneros o en casas de campesinos de la región. Pero aquella fuga no fue un acto caótico ni desesperado sin más. Detrás existía una organización interna entre los prisioneros, muchos de ellos antiguos oficiales soviéticos. Incluso en condiciones extremas, habían conseguido mantener disciplina, coordinación y una red clandestina de ayuda mutua dentro del propio campo. Compartían alimentos, protegían a los más débiles y, en silencio, comenzaron a planificar algo casi imposible: escapar.
“En Febrero de 1945, en unos de los peores campos de exterminio de la historia Mathausen, hubo una fuga y una persecución que convirtió a hombres en presas”.
En febrero de 1945, en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, Europa se encontraba en un estado de colapso. El Tercer Reich retrocedía en todos los frentes, pero su maquinaria represiva seguía funcionando con la misma brutalidad. Fue en ese contexto cuando tuvo lugar uno de los episodios más extremos asociados al entorno del Campo de Concentración de Mauthausen: la llamada Mühlviertel Hasenjagd, conocida como “la caza de las liebres”.
Aquí, donde en los tiempos de actividad del campo se situaban las barracas que iban del número 16 al 20, se instaló en el otoño de 1941 una zona separada para prisioneros de guerra soviéticos. Eran considerados por los nacionalsocialistas como enemigos ideológicos. Apenas recibían alimentación y, aun así, tenían que desempeñar los trabajos más duros. Muchos fueron trasladados a Mathausen, para que la SS los asesinara aquí. Para ello se instalaron un dispositivo para el asesinato mediante un tiro en la nuca y la cámara de gas, al igual que en otros campos de exterminio. La barraca 20 se considera como “barraca de la muerte”. En los años 1944 y 1945 se mantuvo aquí internados a prisioneros de guerra en condiciones terribles.
A este escenario de brutalidad se sumaba otro de los lugares más simbólicos y terribles del campo: la cantera de granito y sus escaleras, conocidas como las “Todesstiege” o escaleras de la muerte. Allí, los presos, tras largas jornadas de trabajo extremo, subían cargando bloques de piedra de hasta cincuenta kilos, agotados, desnutridos y al límite de sus fuerzas. Las caídas eran constantes, y en muchas ocasiones se producían derrumbes humanos en cadena que acababan en muerte.
En la parte superior de la cantera existía otro punto de terror, conocido como el “salto del paracaidista” (Fallschirmspringerwand). Algunos prisioneros eran obligados a lanzarse al vacío o eran empujados desde lo alto. No se trataba de un acto aislado, sino de una práctica que formaba parte de la violencia sistemática del campo.
En los testimonios posteriores y en la memoria reconstruida de los supervivientes, se describe cómo en ese mismo entorno se producían situaciones de extrema humillación y violencia, donde los prisioneros eran forzados a enfrentarse entre ellos o empujados hacia el borde bajo amenazas constantes. Cuando no obedecían, eran golpeados o intimidados con perros. Estos animales, entrenados por las SS, no solo servían para vigilar o rastrear, sino también para imponer terror físico directo sobre los cuerpos debilitados de los prisioneros.
A lo largo de las escaleras y en los caminos de la cantera, los perros eran utilizados para mantener el ritmo de trabajo y evitar cualquier intento de detenerse o resistir. En muchos casos, los ataques se producían en mitad de la subida, cuando los hombres apenas podían sostener el peso de las piedras. Un tropiezo, una mordida o un empujón podían provocar una caída que arrastraba a otros, convirtiendo el trabajo en una cadena de muerte.
Este mismo nivel de violencia, desgaste físico y deshumanización es el que explica lo que ocurrió después. Los hombres que protagonizaron la fuga de la Barraca 20 no eran prisioneros en condiciones normales: eran supervivientes de este sistema, hombres que ya habían sido llevados al límite absoluto.
En una situación desesperada, unos 500 presos de la barraca 20 emprendieron en la noche del 2 de febrero de 1945 un intento de fuga. Atacaron con extintores, lanzaron objetos a ambas torres de vigilancia y provocaron un cortocircuito en la alambrada electrificada arrojando mantas y prendas mojadas. La noche de la evasión fue breve, violenta y caótica. Durante unos instantes, el sistema que los mantenía encerrados falló. Y en ese margen mínimo, la huida fue posible. Una gran parte de los presos perdió la vida por el fuego de ametralladora de las SS. Aun así, más de 400 consiguieron escapar.
Pero la reacción fue inmediata. Las SS, junto con policía, soldados y también civiles, organizaron una persecución masiva. El territorio entero se convirtió en un espacio de caza humana. No se trataba de capturar a los fugados, sino de eliminarlos. Como hemos comnentado, fueron perseguidos por la SS, la policía y la población local, descubiertos y en la mayor parte de los casos asesinados allí mismo. Estos hechos fueron llamados cínicamente “Mühlviertler Hasenjagd”, “La cacería de conejos del Mühlviertel”.
Durante varios días, los bosques del Mühlviertel fueron rastreados sin descanso. No era una búsqueda improvisada. Era un sistema organizado de persecución. En este tipo de operaciones, las unidades nazis utilizaban perros adiestrados, y todo apunta a que aquí jugaron un papel fundamental. Eran animales entrenados para seguir rastros humanos durante horas, incluso en condiciones extremas, para detectar cuerpos ocultos y atacar sin dudar.
Los perros recorrían el bosque como una extensión de los propios cazadores. Olfateaban la nieve, la tierra húmeda, los caminos, los graneros, cualquier señal mínima. Donde un hombre no veía nada, ellos encontraban un rastro. Cuando lo detectaban, lo seguían sin descanso.
En muchas reconstrucciones posteriores, se cuenta que cuando los perros localizaban a un fugitivo eran soltados. Corrían por delante de los soldados, más rápidos que cualquier hombre debilitado por el hambre y el frío. En algunos relatos transmitidos con el paso del tiempo, se describe a esos perros como animales enloquecidos por el entrenamiento y el hambre, lanzados contra los cuerpos de los fugitivos, mordiéndolos, derribándolos, inmovilizándolos, mientras los destrozaban hasta la llegada de los soldados que los remataban en el suelo y sin compación. Aunque estas escenas pertenecen en parte a la reconstrucción y a la memoria oral, reflejan el uso real de estos animales: no solo como rastreadores, sino como armas vivas dentro de la cacería.
Para quienes huían, aquello significaba que no había escondite posible. El sonido de los ladridos se convirtió en un símbolo del terror. Era la señal de que alguien había sido encontrado.
Un aspecto especialmente duro de este episodio fue la participación de la población civil. Vecinos de pueblos cercanos a Mauthausen y al Mühlviertel fueron movilizados para colaborar en la búsqueda de los fugitivos. Muchos actuaron convencidos de que estaban persiguiendo criminales peligrosos. La propaganda nazi había deshumanizado completamente a los prisioneros. En ese contexto, buena parte de la población creyó estar participando en una acción legítima.
Armados con herramientas, armas de caza o simplemente guiando a las patrullas, algunos vecinos señalaron escondites, denunciaron a fugitivos o participaron directamente en su captura y muerte. El miedo, la obediencia y la manipulación ideológica jugaron un papel clave. Sin embargo, también hubo excepciones. Algunas familias, en silencio y arriesgando su propia vida, decidieron ayudar. Escondieron a fugitivos en graneros, compartieron comida o simplemente guardaron silencio.
El párroco Josef Radgeb, de Allerheiligen, a 12 km al noreste de Mauthausen, escribió sobre estos sucesos en su diario:
“2.2.1945… parece que 400 presos se han fugado en Mauthausen. […] Los presos son cazados como criminales peligrosos. Han escapado descalzos. Durante tres días no tuvieron nada para comer… En los bosques se siguen escuchando disparos… La gente tiene miedo y no dan nada, a pesar de que no se trata en absoluto de criminales peligrosos y de que no han hecho nada a nadie. Ante una cobardía tan clara no hay ninguna compasión, y también nuestra gente imita en parte a los SS, que sin compasión derriban a tiros a todos los que atrapan.”
El resultado fue devastador. De los centenares que escaparon, solo sobrevivieron once presos. Muchos de los fugitivos no murieron inmediatamente tras escapar, sino tras horas o días de persecución. Algunos fueron descubiertos en graneros, otros en sótanos, otros simplemente agotados en el bosque.
Estos once que lograron sobrevivir, no lo hicieron huyendo más lejos ni siendo más fuertes que los demás. Sobrevivieron por decisiones concretas, por azar y, sobre todo, por la ayuda de otras personas. Mientras muchos seguían huyendo, algunos comprendieron que seguir corriendo significaba dejar rastro. Y detrás de ellos venían los perros. En ese contexto, dejar de moverse podía ser la única opción.
Algunos sobrevivieron ocultándose en esos graneros, sótanos o espacios mínimos donde el silencio era absoluto. En todos los casos hubo un elemento común: alguien decidió no delatarlos. Familias campesinas les dieron comida, los escondieron durante días o semanas, sabiendo que podían ser ejecutadas por ello. Otros sobrevivieron sin ayuda directa, ocultándose en el entorno natural.
En uno de los relatos reconstruidos, se cuenta la historia de un fugitivo que, tras varios días de huida, fue localizado por los perros en las proximidades de la cantera de la muerte. Llevaba días sin comer, sin fuerzas. Los ladridos comenzaron a escucharse a lo lejos, cada vez más cerca. Comprendió que no podía seguir corriendo.
Descendió hacia un pequeño arroyo. El agua estaba helada. Se introdujo en ella, tumbándose parcialmente sumergido, intentando borrar su rastro. Los perros llegaron poco después. Olfatearon la zona, rodearon el lugar. Durante unos instantes, todo dependió de si el rastro se había perdido.
Finalmente, la patrulla continuó. El hombre permaneció allí, inmóvil, durante horas. Aquella decisión marcó la diferencia.
Cuando la guerra terminó en mayo de 1945, los pocos supervivientes fueron liberados. Algunos regresaron a sus países. Pero para muchos, especialmente los soviéticos, el final de la guerra no significó el final del sufrimiento. Fueron interrogados, sospechosos, algunos enviados a campos soviéticos, que esto pertenece a otra historia igual de terrible o peor que la anterior. Por eso, la historia de aquellos once no termina con la supervivencia.
La “caza de las liebres” no fue solo una fuga fallida. Fue la demostración de hasta dónde podía llegar la deshumanización: hombres perseguidos como animales, en una cacería organizada en la que también participaron soldados, civiles y también perros.
Durante aquellos días de esta terrible historia, donde la realidad supera la ficción, cada ladrido podía marcar el final. Y en los bosques del Mühlviertel, durante unos días, Europa volvió a su forma más primitiva. Hombres que antes habían subido estas escaleras cargando piedra, ahora corrían por los bosques perseguidos por perros.
La fuga no comenzó en la alambrada, empezó en la cantera y terminó en los bosques, donde durante unos días, el ser humano fue convertido en presa para sus perros.




